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Persona

Intermodalidad y Neurociencia


Integración del Sistema Nervioso en los Procesos de Trauma a través de las Artes Expresivas

La comprensión contemporánea del trauma exige enfoques que integren la dimensión neurofisiológica, la regulación afectiva, la simbolización y la experiencia corporal. En este contexto, la intermodalidad artística entendida como el tránsito fluido entre modalidades expresivas como el sonido, la danza, la poesía y la plástica se presenta como un dispositivo especialmente eficaz para acompañar procesos de reorganización del sistema nervioso y de reconstrucción del sentido del self. La intermodalidad no consiste en la simple sucesión de técnicas, sino en la articulación dinámica entre diferentes lenguajes que activan sistemas perceptivos, motores y afectivos complementarios, ofreciendo al organismo múltiples vías de acceso a la regulación y a la integración.

Desde el punto de vista neurofisiológico, el trauma se manifiesta como una alteración profunda en la capacidad del sistema nervioso para modular la activación y sostener estados de seguridad. La teoría polivagal ha mostrado de manera decisiva que la regulación depende, en primer término, de la percepción de seguridad más que de la cognición. Cuando esta percepción está comprometida, el organismo alterna entre hiperactivación simpática y colapso parasimpático, dificultando la flexibilidad adaptativa. Asimismo, las experiencias traumáticas tienden a fragmentar la memoria sensorial y motora, generando patrones de desconexión y desorganización interna que no pueden ser abordados exclusivamente desde modalidades verbales o reflexivas.

La intermodalidad responde a estas limitaciones al movilizar diferentes sistemas expresivos que dialogan directamente con los circuitos neurobiológicos implicados en la regulación. El tránsito del sonido al movimiento, por ejemplo, permite pasar de la resonancia vibratoria que actúa sobre el tono vagal, la respiración y el sistema límbico a la reorganización motora, que involucra corteza premotora, cerebelo y ganglios basales. Este movimiento danzado amplía el margen de acción corporal y facilita la descarga controlada de estados de activación, preparando el terreno para modalidades más introspectivas como la poesía o la imagen. La palabra poética interviene en redes semánticas y prefrontales que sostienen la simbolización y la integración narrativa, mientras que la plástica ofrece un soporte visual que traduce emociones difusas en formas concretas y observables. Cada modalidad aporta así una cualidad distinta al proceso, y el tránsito entre ellas permite una reorganización progresiva de la experiencia traumática sin forzar la exposición ni activar defensas excesivas.

Las prácticas intermodales contribuyen también de manera significativa al fortalecimiento de la interocepción. La neurociencia ha mostrado que el trauma compromete las rutas interoceptivas alojadas en la ínsula y otras regiones frontolímbicas, dificultando la capacidad de percibir y modular estados internos. El movimiento consciente, la modulación sonora, el dibujo atento y la escritura sensorial reactivan estas rutas y devuelven continuidad entre sensación, emoción y significado. Al alternar modalidades, la persona puede explorar diferentes intensidades y registros de su experiencia interna, evitando la saturación sensorial y abriendo espacio a la autoobservación encarnada.

Asimismo, la intermodalidad facilita la restauración de la secuencia de acción interrumpida, un fenómeno ampliamente descrito en la literatura del trauma. Las experiencias traumáticas suelen quedar fijadas como fragmentos sensoriomotores desconectados de un marco coherente. La danza ofrece la posibilidad de completar gestos no ejecutados en el momento del evento traumático; la plástica permite reorganizar la representación visual de la experiencia; el sonido actúa como modulador del estado afectivo; y la poesía reorganiza la vivencia en un horizonte de sentido. En conjunto, estas modalidades permiten que el sistema nervioso reorganice la experiencia fragmentada sin necesidad de rememorarla de forma explícita.

La intermodalidad también potencia la metacognición encarnada, es decir, la capacidad de percibir y reflexionar sobre la propia experiencia mientras se la está viviendo. Este tipo de autoobservación surge de la alternancia entre participación activa y contemplación, proceso que involucra redes prefrontales asociadas a la integración del self. En la clínica expresiva-somática, la metacognición no se construye únicamente mediante el pensamiento verbal, sino desde la interdependencia entre percepción corporal, creatividad y presencia relacional.

El impacto de la intermodalidad sobre el bienestar puede comprenderse asimismo desde el paradigma salutogénico. Al ofrecer estructuras perceptivas y simbólicas diversas, favorece la comprensibilidad; al devolver agencia y capacidad de elección en cada tránsito modal, fortalece la manejabilidad; y al permitir que la experiencia encuentre una forma que resuene con la vivencia interna, promueve la significatividad. Así, la intermodalidad contribuye simultáneamente a la reorganización neurobiológica y a la construcción de coherencia vital.

En síntesis, la intermodalidad constituye una metodología profundamente alineada con los hallazgos contemporáneos de la neurociencia del trauma. La alternancia entre sonido, danza, poesía y plástica moviliza sistemas complementarios que facilitan la regulación, la simbolización y la restauración del sentido del self. Lejos de ser un recurso accesorio, la intermodalidad se establece como una tecnología clínica de integración, capaz de acompañar procesos complejos mediante un enfoque que es a la vez corporal, estético y relacional.

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