Ir al contenido principal
Persona

Lo que no fue y lo que puede ser

Escena faltante, imaginación simbólica y creación consonante en la clínica expresivo-somática del trauma

En el campo de las prácticas clínicas que abordan el sufrimiento psíquico desde una perspectiva compleja e integrada, la noción de escena faltante ofrece una clave de lectura fundamental para comprender no solo lo que fue vivido, sino también lo que no pudo acontecer. Esta categoría se refiere a aquellas experiencias potenciales que, por diversas razones contextuales, vinculares, traumáticas o estructurales no lograron desplegarse en la biografía de un sujeto. Lejos de tratarse de una simple omisión narrativa, la escena faltante configura un vacío estructurante que actúa de manera silenciosa pero eficaz, limitando el repertorio expresivo, vincular y simbólico de la persona. En este sentido, su ausencia incide tanto como la presencia de eventos traumáticos, instalando restricciones en la posibilidad de juego, de respuesta creativa y de elaboración simbólica.

Enrique E. Rodríguez Tosto señala que “junto a cada escena que ocurrió, hubo una gran zona de escenas posibles que por algún motivo no sucedieron”, y entre estas, algunas tienen efectos inhibitorios y empobrecedores en la vida psíquica del sujeto. Esta formulación ha sido retomada y ampliada por la tradición del Psicodrama Psicoanalítico Argentino, particularmente en los trabajos de Eduardo Pavlovsky, Hernán Kesselman y Luis Fryd Lewky, quienes sitúan la escena faltante en el trabajo clínico con las denominadas escenas temidas, como núcleos no elaborados de la historia vincular. Dichas escenas emergen mediante procedimientos psicodramáticos, como el soliloquio, la dramatización de estructuras familiares y los ejercicios de introspección activa, revelando zonas del psiquismo marcadas no solo por lo traumático, sino por lo que no fue posible habitar subjetivamente.

La definición de escena, en este contexto, se amplía más allá de su raíz teatral. Tradicionalmente concebida como unidad estructural del drama, articulada entre actos, personajes y tensiones narrativas, la escena ha sido reformulada en el campo psicodramático como un dispositivo clínico, epistémico y transformador. Jacob L. Moreno, fundador del psicodrama, introdujo la escena como espacio vivo donde el sujeto puede experimentar, representar y resignificar sus roles y vínculos. Desde allí, autores como Carlos María Martínez Bouquet han profundizado el análisis estructural de la escena, distinguiendo entre una escena manifiesta visible, dramatizable, verbalizable y una escena latente o imaginaria, compuesta por personajes internos, tensiones dramáticas y afectos condensados. Esta estructura escénica doble permite comprender cómo lo que se dramatiza en el presente se encuentra profundamente articulado con configuraciones inconscientes, muchas de las cuales corresponden justamente a escenas faltantes.

La escena faltante se distingue, por tanto, de otras categorías como la escena nuclear conflictiva, aquella que representa el mito íntimo del protagonista y que se manifiesta como el núcleo traumático originario de una fijación de rol, o la escena temida, configuración anticipatoria de fracaso o repetición que inhibe la acción y el despliegue del deseo. Mientras que estas últimas remiten a escenas con una representación psíquica más o menos definida, la escena faltante implica una ausencia constitutiva: una escena que nunca fue. Este matiz no es menor, ya que demanda de la práctica clínica no solo una estrategia de recuperación o elaboración, sino también de invención simbólica. Es decir, la escena faltante no puede simplemente recordarse, sino que requiere ser creada, construida o esbozada a través de medios que exceden la lógica narrativa lineal.

En esta dirección, el trabajo terapéutico con escenas faltantes exige una sensibilidad particular hacia los llamados equivalentes transferenciales, concepto desarrollado por Sergio Perazzo para nombrar aquellas manifestaciones no verbales de la transferencia que emergen a través del cuerpo, los gestos, los síntomas o las posturas. Reconocer estas formas es esencial para captar los indicios de una escena no dicha, no jugada, que pugna por encontrar representación. El cuerpo, en su inscripción sintomática o en su inhibición expresiva, se convierte así en vía de acceso privilegiada hacia lo faltante.

Este campo de trabajo encuentra un desarrollo especialmente fértil en el marco del modelo Embodiment-Centered Expressive Arts Therapy for Trauma (EC-EXATT®), el cual ofrece un abordaje expresivo-somático transdisciplinario que sitúa al cuerpo, la creatividad y la experiencia estética como ejes de resignificación de lo traumático. En este enfoque, la escena faltante no se aborda exclusivamente desde la narración verbal ni desde el recuerdo explícito, sino como una configuración que puede ser reconstruida simbólicamente a través de procesos creativos intermodales que permiten a la persona acceder a registros no simbolizados de su experiencia.

El modelo parte del reconocimiento de que el trauma impacta la memoria somática y la regulación del sistema nervioso, y que la expresión artística y corporal facilitan procesos de reorganización del self y de integración de la experiencia. El trabajo clínico se articula en fases progresivas de estabilización somática, exploración creativa y análisis estético, lo cual posibilita no solo el procesamiento de lo traumático, sino la emergencia de nuevas formas de sentido. En este recorrido, lo que antes se presentaba como ausencia o imposibilidad puede convertirse en escena vivida, en imagen encarnada, en gesto consciente.

Uno de los aportes más significativos al abordaje clínico de las escenas faltantes proviene del trabajo de Luise Reddemann y su propuesta de Psicoterapia Psicodinámica Imaginativa del Trauma (PITT). Este enfoque propone el uso sistemático de la imaginación como herramienta terapéutica para acceder, construir y transformar representaciones internas asociadas al daño psíquico, incluyendo aquellas experiencias que no llegaron a acontecer pero cuya ausencia sigue actuando como una carencia estructurante en la vida del sujeto. En lugar de centrarse exclusivamente en la elaboración de memorias traumáticas explícitas, la PITT plantea una estrategia centrada en la contención, la creación de imágenes protectoras y la generación de espacios internos seguros desde los cuales pueda emerger lo no vivido.

En el contexto de la escena faltante, la imaginación no busca reconstruir fielmente el pasado, sino posibilitar una elaboración simbólica de aquello que no fue. Esta reconstrucción permite al sujeto recibir internamente lo que faltó: protección, sostén, validación, abriendo la posibilidad de reorganizar sus matrices vinculares y afectivas. La escena faltante, desde esta perspectiva, se convierte en una estructura susceptible de ser habitada simbólicamente, siempre que se den condiciones de seguridad y regulación suficientes.

Si la escena faltante remite a una ausencia constitutiva, la escena consonante representa una configuración simbólica y expresiva que permite recuperar plasticidad, agencia y sentido. Este término, proveniente del psicodrama psicoanalítico, designa aquellas escenas que emergen en el proceso terapéutico cuando el sujeto logra atravesar lo temido y acceder a una nueva forma de organización de su experiencia. No se trata de una restitución literal de lo perdido, sino de una resonancia simbólica que permite al sujeto experimentar una nueva posibilidad de ser y de actuar.

La escena consonante no reemplaza lo que faltó, sino que lo transforma en experiencia presente. Es un acontecimiento clínico en el que el sujeto se reconoce en una producción propia, donde el cuerpo, el arte y la imaginación convergen para dar forma a lo que antes era ausencia. Desde el EC-EXATT®, esta escena emerge a través de procesos intermodales que articulan regulación somática, expresión creativa y análisis estético, facilitando la integración de la experiencia desde un lugar de seguridad y agencia.

La clínica expresivo-somática, desde esta perspectiva, no busca llenar vacíos, sino acompañar la emergencia de nuevas formas de presencia. Allí donde algo no fue, puede nacer una imagen, un gesto, una relación. La escena faltante, al ser convocada en un espacio simbólico y encarnado, puede devenir escena consonante: un acto poético y clínico que restituye al sujeto su capacidad de jugar, de crear y de habitar su experiencia con mayor amplitud.

Bibliografía

Bertram, G. W. (2021). El arte como forma de vida. Buenos Aires: Caja Negra.
Dos Santos, E. (2024). Síntesis borrador EC-EXATT®: Aportes teórico-metodológicos en la formación en Terapia de Artes Expresivas, Trauma y Embodiment. Material inédito, Poiesis Institut.
Pavlovsky E. (1981). Psicodrama psicoanalítico. Buenos Aires: Ediciones Biebel.
Pavlovsky, E. (2005). Las escenas temidas de un coordinador de grupo. Buenos Aires: Topía.
Van der Kolk, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Barcelona: Eleftheria

Comparte este artículo en: